El ímpetu de la extremidad de Vítor desapareció, esfumándose como el humo en los ojos de un espejo oval. Si es que dudó en acatar la apelación del vampiro, sus músculos tensos no lo demostraron. Dio media vuelta en el panteón y se acercó a la rejilla iluminada por un claro de luna, mientras la espectral criatura permanecía tendida en el piso, ahora más desprovista de su boato. Entonces Vítor le indicó con una mueca que pronunciara aquello que debía decir, ya que había esperado tanto tiempo y aun la muerte podía esperar por sus propios designios. Acto seguido, el conde tenebroso habló.
- Humano: que sepas que antes de que tu estaca atraviese el piélago de mi pecho, ya yazco en el polvo. Mis criaturas reposan en el silencio de la execración y yo mismo escucho el clamor de sus llantos ahogados. Que sepas, humano, que antes de que tu estaca sepulcre los cantos en lontananza, ya yazco en la miseria del miedo.
Vítor, quien escuchaba mirando desde la reja hacia la despejada planicie iluminada por la luna, volteó en ese momento sorprendido.
- ¿Temes, vampiro? ¿Tú, que no has dudado en profanar cuellos y embaucar en hechizos sibilantes? ¿Tú, que has reducido las dagas y los ardides de centenares de hombres?
- Temo, humano. Temo cada vez que debo profanar aquellos cuellos para mantenerme en esta quimérica vida. Me repugna la odiosidad de la sangre emanando a borbotones de manera mecánica y tosca. Desprecio las injurias que he oído duplicadas por millones, acaparando los espejos que no son mis espejos. Sí. Realmente desprecio a las mujeres que lloran de igual forma desde hace doscientos años ante el frío de mis dientes, ya que si de mi vida no dependiera, no tocaría ni una gota de sus sangres adormecidas. Temo, humano, volver a hallar el gemido de tu impúdica hermana en la monja oscura del monasterio; lo temo porque aquello que más odio me inspira en contra de su raza, más azuza el fuego lastimero de la compasión.
Al sentir que el vampiro mentaba a su hermana, se le congeló el hálito, pero retomó el valor y volvió a hablar.
- Aún no entiendo qué es lo que temes.
- Temo la permanencia de lo humano. Esta inmortalidad aciaga. El olvido mismo de las tragedias: añoro el éxtasis de la primera mordida desgarrando un cosmos escarlata, atestado de gritos de auténtico pavor. Y es que me siento tan bastardo como tu raza toda. Pero les puedo tener compasión; aun esperanza. Ya que son los únicos capaces de sentir escalofríos: la vivencia infinita de estremecerse y subyugarse al frío, porque han conocido el calor. Yo no. Mi lengua sólo
siente sangre; uniforme, vacua, permanente... Muerta de dialéctica y oposiciones; sin resistencias...
Por un momento profundo se mantuvieron en el silencio que precede a la muerte. Vítor temía ahora, en tanto que el señor de las bestias permanecía casi petrificado. Hasta que volvió a hablar con su voz mortuoria.
- Haz lo que tengas que hacer. Pero procura amar mis gritos de desesperación: los gritos de mi nuevo bautizo en la inmensidad del miedo. ¡Haz lo que tengas que hacer, humano redentor! ¡Devuélveme la autenticidad del miedo y el fulgor de lo cambiante! ¡Otorga a este vástago de las tinieblas la vida que sólo se paga en sangre! ¡Regálame el sufrimiento de nuevo!
***
Cuando Vítor volvió a sentir la estaca que poseía en su mano, se percató de la palidez de sus brazos y la holgura de sus movimientos. Volteó la vista y encontró nuevamente al vampiro expectante por recibir a la muerte con sus ojos llenos de cristalinas lágrimas, debido al momento que estaba por experimentar.
Pero entonces sintió una fuerza que fluía por sus venas. Habló entonces Vítor, antes del amanecer:
- Gracias, vampiro. Por enseñarme los secretos de la tortura: las maravillas de la vida y la muerte. Te has llevado a lo que más he amado; mi hermana, la tersura de su rostro; y a Sofía, con sus ciegas palabras aladas. Haré entonces lo que debo hacer y te pagaré con más dolor que con el que me has enseñado.
De este modo, el taciturno joven se acercó a la reja del sepulcro, abrió la puerta y se dispuso a abandonar el camposanto, maldiciendo al vampiro, quien se quedaba tendido en la humillación y el hastío que es la condena de la inmortalidad. Le dio la peor de las muertes: perdonarle su irremediable vida.