15.11.09

Axis Mundi

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Estaba escrito. Dos ríos tenían que devenir un mar, mas yo sólo conocía una de las desembocaduras e ignoraba que con distintas formas y distintas mareas, mis ríos participaban también de una forma ya participada.

*

[...]
Azules lucen los sueños. Azules lucen las sirenas de lenguas arcaicas que entrejuntan mis párpados y me cantan que este inmenso piélago; que este vasto firmamento de peces; que esta génesis noctámbula es la más pura intención del tiempo y nosotros no somos sino oráculos entregados a los vaticinios de este árbol sabio.
[...]

[del tercer día de mayo]
20.10.09

De correspondencias y de lo añejo


Es en este momento en donde me reconozco fragilidad.

Sigo el surco de tus letras, tus horrores gramaticales y tu ingenua ortografía -me enternecería saber que aún escribes guiándote según la belleza de las palabras y sus formas en el papel-; y finalmente, lo único que hallo, es tu cara de niña malcriada; pendeja, blanquecina, idiota, tu cara... y soy yo quien ahora esboza una sonrisa. Pero que se apaga, se desvanece y retrocede; fatuidad... como tú con dieciséis años... Y ya no sólo puedo entristecerme, sino que además debo disimular la admiración de esa danza que empezaba a serpentear en tu cabello azulado, porque sin saberlo me has dejado una tortura llena de espejos y lápidas de piedra: la constatación de que mi universo es sólo posible con la que fuiste y con la que está añejándose dulcemente en las maderas de mi memoria.
17.10.09

¿Quién conquista al conquistador?

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Si aceptamos relativamente la tesis de Cassirer, la cual propone concebir al hombre como un ser que no se relaciona nunca con la realidad misma sino que, a través de sus redes simbólicas, establece un diálogo que finalmente es concretado consigo mismo; podemos establecer las líneas de la que sería la disputa por la naturaleza del amor.


No es sólo la comprensión de un dinamismo de lo humano, o sea, la negación de la pasividad de la interacción con la realidad; es también una declaración enraizada al sí mismo, a la cuna, a la tierra de nacimiento y a la historia de las heridas.



El éxtasis amoroso, la ilusión cristalizante del deseo, no puede ser sólo la muestra de una apreciación sublime de un otro, sino que, de algún u otro modo, tiene que ser un impulso innegable por conquistar esa naturaleza que yace en los ojos maravillados de quien ama; una conquista hacia adentro: una neurosis anestésica de profunda humanidad; una morfina de dialéctica adicción...

Y quizás esa sea la prueba más consistente de la honestidad de las emociones: la elevación de la entidad que ha logrado penetrar y empaparse en la esencia más profunda de nuestras propias historias... Sólo se pretende conquistar a quien ha conquistado (usurpado) la fibra más honda de nuestra matriz... qué paradojal...

**: La cita musical proviene del Andante de la Sexta sinfonía de Mahler. Creo que en ella Mahler captó el influjo tiranizante del dejarse conquistar; de subsumirse en la naturaleza, reposar en ella y manifestarse con un lenguaje tosco (campanas, cencerros), ante aquello que sabe más de nosotros que nosotros mismos.



13.10.09

UTC+2

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Recuerdo. Cuando yo me oscurecía tratando de iluminar tus amaneceres de chocolates.

und ich bleibe hier... wo bist du?

[UTC: Tiempo universal coordinado]
9.10.09

El vampiro frente a la muerte o apología del Cazador

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A la de blanco cuello.


Lo había perseguido desde que era un adolescente barbilampiño. Se había llevado el rojor de su hermana y de Sofía, la institutriz que cuando niño le cantaba las maravillas de su ceguera. De cierto modo, él era su padre, pues lo había privado de las maternales mujeres que lo rodeaban, confinándolo a la búsqueda de su propia paternidad.

Ahora yacía frente al pálido ser en los arrabales de un camposanto. Se hallaba entonces con una estaca profunda sostenida de la mano derecha a la altura de su propio pecho, del que pendía un escapulario humilde.

La derruida figura del vampiro lo miraba desde el piso, acorralado en el ángulo de la pared, con mejillas pusilánimes y sus labios de altivez elegante. Esperando con ternura acariciar los cabellos de la muerte.

En aquel momento, Vítor irguió su brazo con vehemencia y apuntó hacia el pecho del lívido vampiro. Sin embargo, en ese preciso instante, la criatura vociferó con una resonancia cadavérica:

- ¡Detente! Harás lo que debas hacer, pero merecezco que se me escuche.

Y así habló el vampiro frente al Cazador.

***

El ímpetu de la extremidad de Vítor desapareció, esfumándose como el humo en los ojos de un espejo oval. Si es que dudó en acatar la apelación del vampiro, sus músculos tensos no lo demostraron. Dio media vuelta en el panteón y se acercó a la rejilla iluminada por un claro de luna, mientras la espectral criatura permanecía tendida en el piso, ahora más desprovista de su boato. Entonces Vítor le indicó con una mueca que pronunciara aquello que debía decir, ya que había esperado tanto tiempo y aun la muerte podía esperar por sus propios designios. Acto seguido, el conde tenebroso habló.

- Humano: que sepas que antes de que tu estaca atraviese el piélago de mi pecho, ya yazco en el polvo. Mis criaturas reposan en el silencio de la execración y yo mismo escucho el clamor de sus llantos ahogados. Que sepas, humano, que antes de que tu estaca sepulcre los cantos en lontananza, ya yazco en la miseria del miedo.

Vítor, quien escuchaba mirando desde la reja hacia la despejada planicie iluminada por la luna, volteó en ese momento sorprendido.

- ¿Temes, vampiro? ¿Tú, que no has dudado en profanar cuellos y embaucar en hechizos sibilantes? ¿Tú, que has reducido las dagas y los ardides de centenares de hombres?
- Temo, humano. Temo cada vez que debo profanar aquellos cuellos para mantenerme en esta quimérica vida. Me repugna la odiosidad de la sangre emanando a borbotones de manera mecánica y tosca. Desprecio las injurias que he oído duplicadas por millones, acaparando los espejos que no son mis espejos. Sí. Realmente desprecio a las mujeres que lloran de igual forma desde hace doscientos años ante el frío de mis dientes, ya que si de mi vida no dependiera, no tocaría ni una gota de sus sangres adormecidas. Temo, humano, volver a hallar el gemido de tu impúdica hermana en la monja oscura del monasterio; lo temo porque aquello que más odio me inspira en contra de su raza, más azuza el fuego lastimero de la compasión.

Al sentir que el vampiro mentaba a su hermana, se le congeló el hálito, pero retomó el valor y volvió a hablar.

- Aún no entiendo qué es lo que temes.
- Temo la permanencia de lo humano. Esta inmortalidad aciaga. El olvido mismo de las tragedias: añoro el éxtasis de la primera mordida desgarrando un cosmos escarlata, atestado de gritos de auténtico pavor. Y es que me siento tan bastardo como tu raza toda. Pero les puedo tener compasión; aun esperanza. Ya que son los únicos capaces de sentir escalofríos: la vivencia infinita de estremecerse y subyugarse al frío, porque han conocido el calor. Yo no. Mi lengua sólo siente sangre; uniforme, vacua, permanente... Muerta de dialéctica y oposiciones; sin resistencias...

Por un momento profundo se mantuvieron en el silencio que precede a la muerte. Vítor temía ahora, en tanto que el señor de las bestias permanecía casi petrificado. Hasta que volvió a hablar con su voz mortuoria.

- Haz lo que tengas que hacer. Pero procura amar mis gritos de desesperación: los gritos de mi nuevo bautizo en la inmensidad del miedo. ¡Haz lo que tengas que hacer, humano redentor! ¡Devuélveme la autenticidad del miedo y el fulgor de lo cambiante! ¡Otorga a este vástago de las tinieblas la vida que sólo se paga en sangre! ¡Regálame el sufrimiento de nuevo!

***

Cuando Vítor volvió a sentir la estaca que poseía en su mano, se percató de la palidez de sus brazos y la holgura de sus movimientos. Volteó la vista y encontró nuevamente al vampiro expectante por recibir a la muerte con sus ojos llenos de cristalinas lágrimas, debido al momento que estaba por experimentar.

Pero entonces sintió una fuerza que fluía por sus venas. Habló entonces Vítor, antes del amanecer:

- Gracias, vampiro. Por enseñarme los secretos de la tortura: las maravillas de la vida y la muerte. Te has llevado a lo que más he amado; mi hermana, la tersura de su rostro; y a Sofía, con sus ciegas palabras aladas. Haré entonces lo que debo hacer y te pagaré con más dolor que con el que me has enseñado.

De este modo, el taciturno joven se acercó a la reja del sepulcro, abrió la puerta y se dispuso a abandonar el camposanto, maldiciendo al vampiro, quien se quedaba tendido en la humillación y el hastío que es la condena de la inmortalidad. Le dio la peor de las muertes: perdonarle su irremediable vida.